
De más niño solía enfermarme y tener mucha fiebre. Sentía que mi ojo izquierdo era suave y peludo como un murciélago. Y el otro, tan gigantesco y salado que me daba frío. Mis manos se inflaban redondas como malvaviscos. La cama se me enroscaba al pecho y era áspera y marrón como una lija. La mancha de humedad de la pared, si la miraba fijamente se transformaba en el pato Lucas y si entornaba los ojos aparecía un viejo peludo que se reía verde como el acertijo, lleno de manchas de tiza y baba. Todas esas sensaciones, grandes como mi casa, entraban y salían de una pequeña semilla de limón dentro de mi garganta.
Nunca más, aunque me esmere, volví a tener esas sensaciones. Hasta que el verano pasado fui a visitar a una amiga que tiene una galería en Unquillo. En la trastienda, apoyados unos sobre otros, habían cuatro pinturas de Oscar Benedecti, mientras las ojeaba descubrí fascinado que esas pinturas tenían encerradas, en estratégicos y muy pequeños rincones, algo parecido a mi fiebre de cuando era niño.
Tomas Espina
Oscar Benedecti inaugura el viernes 2de junio 19hs en APPETITE
venezuela 638 San Telmo teléfono: 15 6112 9975
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